Le dolían las patas pero aun así sabia que no podía detenerse allí. Continúo avanzando por aquella franja desolada, que atravesaba la ciudad como una reseca cicatriz que le permitía orientarse entre el mar y los cerros, a través de calles y poblaciones, siguiendo las relucientes líneas recorridas mil veces ya, siempre buscando algo que comer o donde dormir. Pero esta vez era diferente, sabia en su interior que no lo lograría. Finalmente, cayo exhausto sobre el reluciente metal y acomodando su cabeza se entrego lentamente al ultimo sueño, mientras a lo lejos, un sol rugiente se acercaba inexorablemente.
Primer Cuento escrito para el concurso Antofagasta en 100 palabras








