El sol le martillaba la cabeza y el sudor le nublaba la visión mientras corría y esquivaba al defensa. No alcanzaba a oír los gritos de aliento o insultos de la multitud. Su única meta era aquel arco oxidado en donde el arquero se aprestaba al salto definitivo para arrebatarle la oportunidad de ser campeones. Desfalleciente afino la puntería gambeteando la de cuero buscando el infalible rincón de las arañas y disparo. Todo se detuvo en aquel instante y solo pudo ver un estallido celeste y blanco alzándose tras el arco con un rugido inundando el regional hasta sus cimientos.
Otro de mis cuentos para Antofagasta en 100 palabras, dedicado a mi padre y los fanaticos del CDA