Huele a humo..

Encontre esta historia en el Granvalparaiso y me parecio pertinente compartirla con uds.

FUE LA PARRILLADA más extraña del último tiempo. Estábamos celebrando los cincuenta y nueve años de edad del ‘Paco Lucho’, un amigo carabinero que se acogió a retiro en la misma comuna campesina donde prestó servicios los últimos años de su labor policial. Tiene su genio el hombre, pero es más buena persona que ni les cuento. Ahora se dedica a su taxi colectivo para ‘engordar’ un poco la escuálida plata que recibe del fisco.

“Criterio, criterio y criterio; eso es lo que mis colegas no tienen hoy día”. Luchito hacía referencia a uno de mis artículos, en el que di varios coscachos a las autoridades superiores de ese cuerpo policial por los sucesos en la Araucanía con ocasión de las tomas de tierras efectuadas por dirigentes mapuches. “Si un ‘paisa’ me tira una piedra, yo le aforro un puntapié en pleno tambembe y me lo llevo de las mechas a la Tenencia, pero jamás le contestaría con una bala”.

Aclaremos que el ‘Paco Lucho’ mide más de un metro ochenta y debe pesar cien kilos fácilmente. Hace algunos meses, le vimos salir en defensa de un esmirriado árbitro de fútbol en el partido ‘amateur’ que se jugaba ese domingo en la cancha de la comuna. Bajó desde la galucha, se metió a la cancha y cuando volvió a las graderías pudimos constatar que había tres fulanos tumbados sobre el pasto. Ese es el Lucho. Su esposa asegura que no puede dejar de ser ‘paco’ ni siquiera cuando hace el amor, pues todo tiene que estar en orden: la puerta cerrada, la ventana ídem, la cama bien estiradita, la hora debe ser adecuada (después de la medianoche, por lo general), y en la casa todo debe haber quedadoimpecable: la vajilla limpia, seca y guardada, los hijos durmiendo… en fin, cien regulaciones.

- Ahí te falla el criterio, poh –apuntó el irónico Quilaquila, hereje por antonomasia. Uno le hace al merecumbé cuando la ocasión se presenta, y lo demás importa pocazo. Mira que si no aprovechai el momento, la mujer baja la cortina y te quedai en la vereda del frente, con más calentura que una plancha’e sastre.

Pero el ‘Paco Lucho’ afirma su teoría en un solo concepto. “No somos animales sin raciocinio”, dice, y por lo tanto, según él, tenemos la capacidad de determinar cuándo, cómo y dónde podemos hacer las cosas que nos interesan, o ejecutar los asuntos que son de nuestra responsabilidad, pero siempre respetando los dominios del prójimo. En cuanto al tema del ‘criterio policial’, el hombrón asegura que un carabinero cuenta con tiempo suficiente para aquilatar una situación y actuar en consecuencia. “Además- agrega- es sabido que la mayoría del pueblo chileno carece de ánimos terroristas, así que difícilmente un ‘pacomio’ se va a encontrar frente a tipos con bombas o metralletas”.

El Quilaquila, en cambio, es de aquellos sujetos que siempre están pensando en un reventón, un paro nacional, o una asonada popular en procura de una sociedad más solidaria. No cree mucho en la justicia divina… y en la terrenal cree la nada misma. “Chile le debe una revolución a su Historia”, dice muy campante. Opina que a nuestro país le falta una conflagración sangrienta para “enderezar las cosas”. Como ejemplos pone a Zapata y Villa en México, a Fidel en Cuba y a los “franceses que degollaron al inútil rey y a su esposa cuica” (supusimos en ese momento que se refería a la revolución de Robespierre, Danton y Marat).

Hombre ilustrado es el Quilaquila. Lee bastante de Historia y sigue devorándose los ‘monitos’ del argentino Quino, especialmente “Mafalda”, que se constituyó en su mejor parámetro para analizar y entender la sociedad. “Si los guerreros del toqui Lautaro no se hubieran emborrachado en las orillas del río Mataquito con los decalitros de muday, otro gallo nos cantaría ahora”. A lo que el ‘Paco Lucho’ contestó rápidamente: “y si Pinochet no hubiese llamado a plebiscito el año 1988 tampoco estaríamos hablando las huevadas que hoy hablamos”.

TODOS JUNTOS CONTRA LOS QUE JUNTOS ROBAN
Discusión de curados. Diálogos de la botella. Controversia de amigos que se quieren con sinceridad. Uno de ellos es francamente derechista, el otro es un revolucionario frustrado. Y yo soy el compadre que se dedica a llenarles los vasos con buen chacolí. Pero tomo nota, apunto y recuerdo lo que dicen.

Más allá de la amistad, es posible observar que Chile sigue dividido en dos trincheras irreconciliables, aunque ahora se encuentran asfixiadas por el consumo, las tarjetas de crédito y una aparente tranquilidad. Pero la divergencia feroz está ahí, oculta, subsumida, dispuesta a reavivar sus odios no bien se produzca una coyuntura que sea capaz de soplar el polvo bajo el cual dormita la ira. Le comento esto al ‘Paco’, y su respuesta me parece inteligente. “Los políticos actuales están llenando con pólvora la pipa que fuma el pueblo”.

El ex policía afirma que no tiene argumentos ni respuestas cuando amigos como el Quilaquila lanzan sobre el tapete asuntos tales cual la pésima distribución de la riqueza, o la venta de Chile a manos extranjeras, o el destrozo predador de nuestros recursos naturales, o la soberbia del empresariado que se niega a reconocer la necesidad de sindicalización y de un mejor trato económico a sus trabajadores. “Están regando el jardín con bencina, y va a ser difícil después que personas como yo puedan defender sus posiciones”, dice el Lucho. “¿Te referís a sus intereses?”, pregunta el Quilaquila sarcásticamente. Y la discusión se reinicia.

Gracias a Dios, la Teruquita nos avisa que la segunda tanda de chuletas y longanizas está en su punto, esperando que alguien le meta colmillo. La conversación se suspende, pero no muere, sólo se va a recreo porque nadie puede hacerle un desaire a la carne que está chirriando sobre las brasas. Después irrumpen las cuecas, el guitarreo y los desafíos para dilucidar quién zapatea mejor “La Consentida”. Yo espero la hora de la cumbia. Mientras tanto, mastico y anoto, apunto y engullo. De vez en cuando –para que nadie crea que soy melindroso- me despacho un trago de chacolí.

El ‘Paco Lucho’, algo sudado luego de tres pies de cueca, me mira de reojo y sonríe burlón con ese rictus típico de los uniformados que creen saber todo acerca de los ‘paisas’. Sabe que he eludido la discusión, pues no quiero meterme en líos y perder la amistad de nadie. “Hacerse el de las chacras es más fácil que andar a pie”, me insulta sin aviso. Le respondo que siento en el aire un tufillo a descontento social, y que barrunto cuán grave puede tornarse la situación si en los años por venir las autoridades políticas no ponen de pie lo que hoy está de cabeza.

- Amigo mío, Chile es un país de gente tranquila –apunta el Lucho- Pero si lo administran personas de tercera categoría tenga por seguro que tarde o temprano vendrá un reventón.

- ¿Usted cree que eso puede ocurrir?

- Los ‘pacos’ conocemos bien a la gallada. Esta respeta a la autoridad, tiene muchaza paciencia y pareciera que aguanta todo. Pero cuando explota, Dios santo…no hay huevón más peligroso que un chileno decidido a ponerle fin a situaciones que le molestan.

- A eso le tengo temor –repliqué.

- Yo también, pero no depende de nosotros, y usted lo sabe. Ojalá nunca ocurra, pero si sucede habrá que ponerle el hombro y aguantar. Además, se están acumulando hartos asuntos que alimentan el ‘choreamiento’ de la gente.

Manifesté que me llamaba la atención, oliendo a peligro, que las controversias ocurridas en las ciudades estuviesen ya llegando al campo y a las comunas rurales. “Se está poniendo hediondo el asunto por culpa de algunos porfiados que no quieren captar lo que ellos mismos están provocando”, replicó mi contertulio, convencido de que el sistema económico actual no es malo, y tal vez sea el mejor, pero requiere de una garlopa para afinarlo y hacerlo menos discriminatorio.

No me diga que ya lo convenció el representante de las fuerzas de ‘desorden’ –me interpeló el Quilaquila desde la mesa vecina, pasándome un vaso de mosto lleno hasta las barandas. Con la valentía que da el chacolí, discurseó largo rato respecto de las corruptelas oficiales, enfatizando en la última guindita del gobierno, aquella referida a las subvenciones brujas que el MINEDUC ‘regaló’ a ciertos sostenedores educacionales. “Le roban la plata a los cabros de familias pobres para regalársela a los que llegan a tener gusanos de tanta riqueza; y cuando los ‘pingüinos’ chillen en abril, no van a faltar algunos ex compañeros del Lucho que los agarren a patadas, mientras que frente a los verdaderos ladrones esos mismos pacos se van a cuadrar obedientemente”.

El Luchito lo miró con cara de pocos amigos Parecía que estaba a punto de pegarle un zamarreo y terminar con esa discusión que ya era peligrosa. Adiviné que ambos contendores esperaban mis opiniones para zanjar el asunto a favor de uno o de otro. ¿Cómo explicarles que, en lo esencial, coincidían plenamente?

Con la cantidad de trago embuchada poco me habrían entendido, pues decirles, por ejemplo, que hoy día los ciudadanos comunes y corrientes como ellos –cualesquiera sean sus tendencias ideológicas- poseen similares cuestionamientos respecto del sistema económico y del comportamiento de la clase política, habría significado activar una discusión de nunca acabar.

Menos mal que llegó la hora de las cumbias. Mi señora me sacó al centro de la pista y bailé como desaforado hasta que se apagó el carbón de la parrilla. El Quila y el ’Paco’ se trenzaron en secreta conversación alrededor de la mesa donde descansaban jarras y botellas. Les vi palmotearse los brazos y reír a carcajadas. “Se abuenaron –pensé- Qué bien”.

Cerca de la medianoche sirvieron la torta bajo el enorme parrón iluminado por las estrellas y por una candorosa luna menguante. El ‘Paco Lucho’ apagó las velitas con un soplido de búfalo mientras le cantábamos –con gorjeos de ebrios- el cumpleaños feliz. Afortunadamente, todos los presentes estaban disfrutando de la amistad y de las delicias culinarias de nuestra comuna campesina, por lo que las disensiones políticas podrían pasar al olvido. .

Me sirvieron un enorme trozo de pastel. En ese momento, el Quilaquila, mostrándome su plato de cartón en el que había un menguado montoncito de dulce, me sopló al oído.

- Pa’variar, la torta está mal repartida. Era que no, si estamos en Chile, poh gancho.

Arturo Alejandro Muñoz – desde Coltauco

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