Un triste aniversario

pampinos

Hoy se conmemoran 100 años de la tristemente celebre Matanza de Santa Maria de Iquique, en la cual fueron masacrados sin misericordia hombres, mujeres, ancianos y niños a manos del glorioso ejercito chileno. Por el año 1907, las diversas oficinas salitreras se alzan en demandas por un salario digno (no recibían dinero y solo se les pagaba con fichas que solo podían ser cambiadas en las “pulperias“), viviendo en chozas de calaminas, alumbrados solo por fogones y condiciones de vida indignas, los obreros no pueden mas y se inicia la llamada “Huelga de los 18 peniques”.Bajando hacia Iquique, miles de familias provenientes de todas las oficinas salitreras inician una penosa marcha hacia el puerto, allí, las autoridades de la época alertadas por la situación, deciden sitiarlos en la Escuela Santa Maria. confiados en una solución, las familias permanecen y pernoctan alli, cansados y hambrientos.

Se suceden varios días de negociaciones infructuosas pues los dueños de las salitreras dicen que no aceptaran ninguna condición hasta que los obreros y sus familias vuelvan a sus puestos de trabajo. Finalmente el dia 7 de diciembre de 1907, el amanecer llega con un olor a muerte en el aire mientras se apuestan y rodean la escuela, los soldados del regimiento O’Higgins y el apoyo de las ametralladoras del crucero Esmeralda al mando del general Roberto Silva Renard.

Al ordenarseles el retiro y la vuelta a las faenas, los obreros contestan que de alli no se moverán hasta que sean escuchados. Entonces se ordena hacer fuego a discreción sobre ellos y se inicia uno de los momentos mas indignos de nuestra historia.

Elías Lafertte, testigo ocular de los hechos, relata:

“Hacia las 3.30 a cuatro de la tarde, terrible expectación reinaba en el interior de la Escuela Santa María. Tropas del ejército apuntaban sus fusiles contra los obreros y contra la azotea, donde se hallaba en reunión permanente la dirección del movimiento. En cuanto a las ametralladoras en manos de marineros de los barcos surtos en la bahía, estaban dirigidas directamente contra las apretadas filas de pampinos. A esa hora entró el coronel Roberto Silva Renard montado, como Napoleón, en un caballo blanco para esta desigual batalla. Un corneta que iba a su lado lanzó al aire algunas notas de su instrumento, las cuales provocaron uno de esos pavorosos silencios anunciadores de cosas terribles”.El coronel “hizo tocar atención a su corneta y dio la orden del crimen. Fríamente dio la orden de fuego. El ruido de los disparos fue ensordecedor (…)

Cientos o miles, la verdad es que no importa mucho, alli quedaron los cuerpos de personas como Ud. y yo, cuya sangre empapo las paginas de nuestra historia para siempre.

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